Al pie de la montaña

Acabo de cumplir veintinueve y no lo ando diciendo con emoción, (como cuando cumplí dieciocho), sino con serenidad y despacito como para que nadie mas me oiga decirlo, porque a cierta edad, da algo de roche andar ventilando ese asunto. Por otro lado, no he celebrado nunca un cumpleaños mio, ni he asistido al de otros nunca jamas, pues me parece una manera pretenciosa de endiosarse y eso no va conmigo, también hay otro motivo por el que no celebro cumpleaños, pero ese es otro tema, (quizá algún día escriba sobre eso), no nos desviemos.

Sospecho, que cuanto mas años tenemos, mas nos la pasamos mirando atrás y evocando el pasado, (ojala me equivoque y sea solo una hipótesis o complejo mio). Miramos atrás para recordar momentos felices, también para flagelarnos por algún evento que no hemos podido superar del todo, y también para darnos cuenta que la hemos regado unas cuantas veces, pero aun así, nos hemos puesto de pie y hemos seguido pa´lante, (a pesar de todo) como dice la canción. Sino miren a esos viejitos sentados en las bancas de los parques, solos, pensando, mirando al vacío horas de horas, yo creo que en ese momento se acuerdan de todas las metidas de pata, las juergas, los amores, las escapadas, los desplantes que hicieron y/o les hicieron, y todo tipo de cosas pendencieras, entre ricas y atroces que hicieron en su juventud, pero que casi nadie sospecha que hicieron. La mayoría de los dedos acusadores que tuvieron ya se deben haber muerto, y ahora son viejitos chochos, canosos, abraza-bles, con cara de beatos, casi santos.

Días previos a cumplir veintinueve, decidí hacer un viaje al interior del país, y la misma noche del viaje me empecé a sentir mal, me dolía la cabeza, no era un buen indicio, pero como ya tenia el boleto, entré en modo automático y terminando de cenar empece a meter la ropa que faltaba a las maletas. Debido al malestar, la cabeza no me daba para pensar tanto, pero hice el esfuerzo, me iba por quince días a un lugar alejado, con clima frío, no podía olvidar nada, un calentador podría hacer la diferencia entre morir congelada o no. Como era previsible, el malestar me había aletargado y se me fue la hora, salí tarde de casa. Demás esta decir que casi no llego al embarque de equipajes, felizmente alguien del grupo (pues todos estaban allí) intercedió para que esperen por mis maletas que metí a la volada en un taxi pequeño.

Ya camino al terminal, mientras iba en el taxi, sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

¡Oh rayos! ¡El boleto de viaje! – y el taxista me miro contrariado por el retrovisor.

– ¿Seguimos o regresamos? – pregunto el taxista.

No tenia el boleto a la mano, no lo había visto en varios días y me preguntaba si había sido tan estúpida de botarlo a la basura esa mañana junto con otros papeles al momento de limpiar mi morral, porque estaba segura que lo había dejado ahí, el día que lo compré. Entonces decidí dejar la situación al azar, el morral estaba dentro de la maleta grande, y la maleta grande dentro en la maletera del taxi, no había forma de salir de dudas antes de llegar a la terminal, pues estábamos en una autopista grande y los laterales estaban llenos de taxis estacionados, no nos podíamos detener, ademas seria un retraso detenernos si es que el boleto seguía en el morral, de lo que no estaba segura, así como no estaba segura del viaje que me proponía a realizar, y como no estaba segura de eso, ni de nada (como siempre), dije, bueno, que sea lo que tenga que ser, si el boleto no esta en el morral, no viajo, me quedo, no voy por descuidada.

– Seguimos – le contesté al taxista.

Ni bien llegué al terminal abrí como loca el equipaje, no porque estuviera asustada, sino porque quería de una vez saber que me depararía el momento, el azar, aunque no creo en el azar, ni nada que tenga que ver con la suerte, pero en ese momento me entregué al azar, no quedaba otra. Después de tres segundos de rebuscar entre la ropa encontré el pequeño morral, lo abrí y allí estaba el boleto, integro, aunque con un par de arrugas, pero legible y a salvo, listo para sacarme fuera de Lima. Entonces, pongamoslo así, no fue un viaje planificado.

Otra razón por la que casi no viajo, fue por temor al intenso frío, soy friolenta por naturaleza, se me da mejor el calor y nunca pude recuperarme del sufrimiento que había pasado seis años atrás al atravezar la fría ciudad de Juliaca soportando temperaturas de 6°C por la noche, estando poco abrigada o mejor dicho sin abrigo apropiado porque me dirigía a la selva. Por eso cuando revisé la temperatura de Piscobamba me di con la ingrata sorpresa de que durante el día la temperatura era de 10°C y durante la noche bajaba hasta 5°C.

El viaje que hice duró quince días, fue un viaje intenso, cargado de bonitas experiencias y casi por el final de esos días fue que cumplí veintinueve. Nadie lo sabia pero ese día coincidió con la fiesta de despedida del grupo de viaje, fue una fiesta memorable, me divertí como hace mucho no lo hacia, baile todas las canciones menos dos, ¡lo disfruté tanto! demasiado diría yo, disfrute mas de lo que podía haber disfrutado una fiesta aquí en Lima, donde uno llega cansada, aveces del trabajo, apurada, te tomas un par de drinks o de lo que sea, bailas poco, sin apuros, con sosobra, (en mi caso) porque el estrés, el cansancio de la cuidad te pasan factura y ya no es como cuando tenias veinte y soportabas toda la noche y al día siguiente como si nada. En esta ocasión, sin estrés post trabajo, sin cansancio previo, sin preocuparme por el mañana, baile por 4 horas consecutivas, deteniéndome solo para tomar agua o comer unos panecillos que estuvieron muy ricos. Así que dejé de sentir por un momento que los años ya habían empezado a pesar un poco y me confundí entre adolescentes y jóvenes que apenas habían comenzado los veintes.

Dos días después, mis primos Brandon y Nikol me convencieron para ir con un grupo de amigos a Carhuaz y quedarnos allí un par de días para conocer la Laguna 69. Entonces nos subimos a un bus que nos trasladó desde Piscobamba hasta la bella ciudad de Carhuaz donde conseguimos un Hotel decente, descansamos y reunimos fuerzas para el trekking que nos esperaba al día siguiente camino a la Laguna 69.

Brandon y Nikol acaban de hacerse mayores de edad hace relativamente poco. Es su primer viaje largo sin padres. Pero están conmigo, su prima mayor. Les llevo alrededor de diez años y tengo recuerdos de los primeros días de sus vidas. Aun recuerdo sus caritas rosadas de bebes, sus peculiares llantos, sus primeros pasos, sus días en el colegio; de cuando los recogía si sus mamas no podían. Los he visto crecer, hacerse niños juguetones y ahora volverse jóvenes educados, de bien. Es hermoso ver cuanto han crecido, que ya son casi adultos. Es hermoso ver florecer otras vidas junto a uno y mas aun cuando son familia. Aveces los miro y quiero llorar, no porque les vaya mal, al contrario, son buenos chicos y eso me conmueve, ver que no andan perdidos como otros chicos de su edad, ver lo maduros que son para su edad, ver que son mejores que yo cuando tenia su edad. De pequeños los he cuidado y dado de comer. Les he enseñado a resolver problemas matemáticos, ecuaciones, a memorizar capitales. Ahora que me han alcanzado generacionalmente ojala no olviden que pueden contar conmigo para resolver cualquier inquietud con la que no puedan solos.

El hotel era bastante cómodo y acogedor, dormimos bien. Yo me había pasado todo el día haciendo alardes de mis anteriores excursiones haciendo trekking y como prima mayor, quería enseñarles a mis adolescentes primos como se sube una montaña. Despertamos muy temprano, a las tres de la madrugada. Nos recogieron en una minivan moderna y ya camino a la Laguna seguí dando indicaciones a mis primos de lo que tenían y no tenían que hacer, dándomela de sabelotodo, emulando las voces sensatas de sus madres que no estaban presentes, pero que de seguro esperaban que yo velara por su bienestar.

Llegamos al pie de la montaña, donde empezaríamos el recorrido, eran las seis de la mañana y el día había empezado a asomarse, el cielo azul noche estaba aclarándose cada vez conforme pasaban los minutos.

Antes de bajar de la minivan debíamos desayunar las provisiones de chocolates, galletas, pan y Gatorade que habíamos llevado para aguantar la subida. No me arriesgué a llevar comida, porque a 4800 m.s.n.m. no es buena idea comer cosas pesadas y mas si uno va emprender una caminata de tres o cuatro horas de subida que fue lo que nos tomó llegar a la Laguna 69.

Salimos del minivan, hacia un frío terrible que calaba los huesos, me puse rápidamente los guantes porque sentí mis dedos congelarse y encogerse. Luego siguió la foto de rigor, “el antes de subir a la montaña”. Luego los guías dieron instrucciones antes de empezar el recorrido, nos tuvieron parados durante veinte minutos en medio del frío, (pudieron habernos adelantado las instrucciones dentro de la minivan, cuando estaba lucida y no ahora que sentía que perdía el conocimiento) yo estaba apunto de convertirme en un muñeco de nieve y el viento helado que me soplaba en la cara iba menoscabando mi voluntad de emprender aquel recorrido. No veía la hora de ponerme en marcha, porque si me quedaba quieta diez minutos mas soportando ese frío atroz, me hubiera quedado ahí varada, sin fuerzas, porque el frío opera de un modo negativo en mi, consume mis energías, me deja débil, descompuesta, propensa al desmayo.

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Empezó la caminata, cortamos camino por unos pastizales verdes, donde habían vacas y toros, eran hermosos, lucían dóciles, inocentes, como si nunca hubieran conocido el rigor de un látigo ni la maldad que existe en los rodeos, estaban tan lindos, tan bien alimentados y tenían la mirada limpia como la de un cachorro que ruega por un par de caricias, me enternecieron tanto, que casi me atrevo a tocar a una vaca marrón, bien comida, adorable, quería sentir su pelaje tan bien cuidado, tocar su cabeza peluda, hacerle un poco de cariño, pero algo me detuvo, no se que fue, creo que en el fondo recordé que por muy bien cuidados que se vean, son animales de campo y no de casa, no están acostumbrados a que cualquier hija de vecino venga y les palmotee el lomo, entonces supongo que me salvé de una buena corneada.

Habían pasado solo treinta minutos de iniciada la caminata y ya me faltaba el aire, me puse los audífonos y traté de escuchar música para motivarme pero no funcionó, es mas la música me desconcentraba, me aletargaba, me quité el audífono y lo guardé, ni siquiera soportaba tenerlo alrededor del cuello, luego al ir descubriendo los bellos paisajes que mostraba la naturaleza, quise tomarme un selfie, pero no pude, sentí que tan solo hacer el esfuerzo de sacar el celular, impostar mi mejor sonrisa, en vez de mi cara de cansancio y frío, seria igual de agotador que dar veinte pasos cuesta arriba, entonces no saqué el celular, ni me tomé ningun selfie durante el recorrido, sabia que me iba arrepentir, pero en ese momento donde solo importaba mi supervivencia (y mis ansias de mantener el titulo de “chica trekking”, que me pusieron mis primos debido a mis desmesurados alardes), tenia que ahorrar energía.

Al principio mi meta era ser una de las primeras en subir la montaña, encabezar el recorrido junto al guía, en pocas palabras, ser la mejor, la chica trekking; pero ahora, que todos o casi todos se habían adelantado, mi meta se había reducido a mantenerme en pie y caminando hasta llegar a la laguna. Sin duda la montaña se había ensañado contra mi por andar alardeando.

A los cuarenta y cinco minutos de caminata, entré en modo automático, deje de hablar con los que iban a mi costado, hablar también me quitaba energía, así que me callé la boca. A una hora de caminata, deje de seguirles al paso a los que estaban conmigo (mis primos y sus amigos), ellos se adelantaron, me quedé y me alcanzó otro grupo de amigos que iban al final, en la cola. De nada me había valido jactarme de mis hazañas anteriores, ahora estaba en la cola junto a los débiles, respirando aire a bocanadas, avanzando lento y zigzagueando, con la dignidad en el suelo, porque sentía que en cualquier momento iba a desertar e iba a quedar botada a medio camino como la cobarde que soy aveces.

A las dos horas del recorrido empecé a detenerme en algunos lugares a descansar, estaba agotada, como si hubiera corrido una maratón, o como si estuviera a punto de morirme, la casaca impermeable me hacia sudar y eso me parecía sumamente incomodo, sudar frío, y a la vez morir de frío. De pronto el grupo de los débiles, los que íbamos al final, en la cola, nos detuvimos a descansar durante dos minutos y medio, me senté detrás de una roca grande para evitar el frío viento y me quité la chompa que tenia debajo de la casaca, fue algo riesgoso hacer eso, porque si me daba aire en el pecho o la espalda mi condición podría haber empeorado, pero felizmente pude sacarme rápido la chompa y me volví a poner la casaca impermeable.

Luego de esos dos minutos y medio de descanso, nos pusimos en marcha, quitarme la chompa me aligeró un poco y me adelanté, deje atrás al grupo de los débiles, me propuse alcanzar a mis primos, hace buen rato los había perdido de vista, por lo menos me llevaban media hora de distancia, tenia miedo de encontrarlos por ahí mareados y cansados, pero me dije: No pienses tonterías, seguro están bien, son chicos fuertes, mas fuertes que tu, por eso se adelantaron, preocúpate por ti y por mantener el ritmo y no detenerte. 

Si algo recordaba de las instrucciones que nos dieron los guías era que subiéramos cada uno a nuestro ritmo pero sin detenernos y que solo nos detengamos cuando hayamos hecho los primeros 45 minutos de recorrido, y luego a la hora del primer descanso, no antes que eso nos podía jugar en contra y así lo hicimos en el primer descanso y ahora tocaba caminar una hora mas sin detenernos, esas eran las instrucciones, pero apenas habían pasado cinco minutos de iniciar de nuevo el recorrido cuando mis pies y mi cuerpo entero quisieron frenar en seco, detenerse, descansar. Entonces sucedió, estaba sola, pues me había adelantado, no tenia en quien apoyarme ni quien me diera valor para seguir, así que sin darme cuenta me dejé caer encima de una piedra, mi cuerpo desobedeció la determinación de no detenerme, me senté en aquella piedra, miré el paisaje debajo y me quedé estupefacta, podía ver el minivan que nos había traído allá abajo a lo lejos como una miniatura, habíamos caminado mas de  un kilómetro y medio cuesta arriba, de eso estaba segura, pensando en eso cerré los ojos y me quedé dormida.

De un momento a otro abrí los ojos porque escuché rugir al viento, me había enfriado, se me hizo difícil pararme, tenia las piernas débiles, debía continuar, pero mi cuerpo me pedía desesperadamente tirar la toalla, regresar. Tanta vaina, me dije, creo que mejor me bajo, no veo la cima, ni la bendita laguna por ningún lado, ya fue, es mejor ahorrarme este sufrimiento. Por otro lado mi orgullo se negaba a la idea de desertar, de rendirme, así que me arme de valor y continué caminando sola, di veinte pasos mas y divisé otra piedra grande donde podía sentarme y nuevamente, cuando alcancé aquella piedra me dejé caer en ella, suspiré y mis ojos se cerraron automáticamente. En ese momento entendí porque el guía decía que no nos detengamos antes de tiempo, ahora mi cuerpo estaba pesado, dormirme en la primera piedra fue contraproducente, me había enfriado, había perdido el ritmo, estaba perdida, sin fuerzas, la altura hacia que respirara con dificultad y necesitaba detenerme cada veinte pasos, soy una vergüenza, pensé. Mientras pensaba en todo eso, me di cuenta que seguía detenida, durmiendo en la segunda piedra, enfriandome mas. Abrí los ojos, me obligué a pararme y caminé veinte pasos mas, no encontraba otra piedra donde sentarme, sino me sentaba me iba a desmayar, había una roca que parecía una pared media inclinada, me apoyé allí y me dormí de nuevo, esta vez pensando en que quería estar en mi cama, con mi frazada de panda, y mi almohada barata de esponja, bien abrigada, extrañando el calor del verano en Lima. Luego empecé a renegar conmigo misma: ¿Para qué tenias que venir? ¿Que tenias que demostrar, si sabes que no te hace bien la altura? La montaña, es hermosa, si, es bellisima, pero esta a punto de matarte. Luego del mea culpa, me puse de pie y traté de caminar por lo menos diez pasos mas, de pronto escuché un sonido, me había desvanecido, caí como un costal de papas al suelo, perdí el conocimiento por un breve instante, cuando desperté, el cuerpo en el suelo, los ojos mirando al cielo, me dije: Nunca mas subo una montaña, aunque me paguen.

Al poco rato me alcanzó el grupo de los débiles, me senté en una piedra porque me dio vergüenza decirles que me había caído o que me había desmayado, se dieron cuenta que estaba mal, muy mal y me tendieron una mano y a penas pude pararme les dije: Ya no doy mas, hasta aquí llegué, vayan ustedes, yo me quedo. Algunos me miraron y siguieron su camino, pero dos de ellos, Rosa y Gerard, amigos y compañeros de viaje, me miraron con compasión y me dieron ánimos, nosotros te ayudamos, me dijeron a pesar de que ellos también estaban cansados y subían a duras penas. Así que Rosa me tomo de la mano, Gerard la de Rosa y subimos los tres juntos en cadena, subiendo la montaña en zigzag. Habremos caminado unos cuarenta pasos sin detenernos, cuando empezamos a jadear, entonces nos soltamos, teníamos que trepar ciertas piedras para seguir avanzando porque el camino ya se había terminado, ese tramo fue el mas difícil, sentía que un paso en falso podía hacer que me rodara y si me rodaba no tendria fuerzas para sujetarme o frenar la caída, podía fácilmente caer cuesta abajo, pues el camino era angosto y empinado. Sentí que estaba dejando media vida en la montaña. Ese día morí un poco.

Cuando ya no dábamos mas, escuché una voz que decía: Ya les falta poco. Era Karen, 18 años, la amiga de mis primos, su voz fue un aliento para Rosa, Gerard y yo, pues ya estábamos preocupados de tener que seguir trepando sin saber cuanto nos faltaba, sabiendo que en cada piedra que nos sujetábamos nos jugábamos la vida. De pronto la subida se termino y llegamos a una parte plana, sentí alivio y cierta paz se apoderó de mi. Divisé la laguna a cincuenta metros de distancia, vi a mis primos jugando cerca, me dio gusto ver que estaban bien, que eran mas resistentes que yo, que la subida no les choco tanto como a mi. Me vieron, con que cara habré estado que vinieron rapido a ayudarme, pero me hice la fuerte; yo puedo sola les dije, omitiendo que hace diez minutos había estado desmayada y a punto de tirar la toalla, pero vinieron dos almas caritativas y me salvaron de morir congelada. Nos acercamos juntos a la Laguna 69, la miré, no era tan grande, pero era hermosa.

Laguna  69,
de agua turquesa y pura,
agua de manantial,
me has hecho padecer para conocerte.

Nos tomamos las fotos de rigor.

Luego encontré otra piedra grande y liza al borde de la laguna y me invitaba a echarme. Voy a dormir, les anuncié a mis primos, ellos se rieron, ahora cuídenme, así como yo los cuidé a ustedes.

Luego vinieron Rosa y Vanessa, dos amigas de mis primos y se tomaron fotos, ellas parodiando mi cansancio y yo con la dignidad y el cuerpo literalmente en el suelo.

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Soy la del medio.

No tenia porque subir a esa montaña ni a ninguna otra, cuando bien tranquila hubiera estado en otros lugares turísticos menos ajetreados y riesgosos. Pero una parte de mi quiere seguir sintiendo que aun puedo hacer cosas osadas sin cansarme tanto, quiero creer que aun puedo vivir mas experiencias como esa, que aun tengo para rato.

Me falta poco para llegar a los treinta y me da miedo volverme aburrida y predecible. Por otro lado, no se como será el camino cuando cruce los treinta, quien sabe las dificultades que tenga que enfrentar o lo duro que pueda volverse. Por eso acepté el reto, para sentir que (a regañadientes) aun puedo atreverme subir una montaña, porque no quiero lamentarme después no haber intentado siquiera hacer el recorrido. Así que me subí a esa montaña y probablemente siga buscando mas montañas para subir aunque me cueste media vida. ¿Por que? Porque aun soy joven, y porque cada día que pasa me queda menos tiempo para serlo.

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